martes, 25 de noviembre de 2014

Alejandría sigue ardiendo

Lincoln Stein (CC BY-NC-ND 2.0) http://www.flickr.com/photos/andrew_freese/2462567947/
Lincoln Stein (CC BY-NC-ND 2.0) http://www.flickr.com/photos/andrew_freese/2462567947/

El acto de compartir es natural al ser humano, y es una de las premisas funcionales básicas del entorno digital. El mundo de ceros y unos hace posible que el dilema de la escasez sea un problema resuelto cuando hablamos de bienes culturales.
Pero el cercenamiento de la libertad en internet avanza con las restricciones a la libre circulación de los productos culturales en la red, a través de clausuras de sitios web, censura de términos de búsqueda, bloqueo de redes p2p, demandas a los usuarios, etc.
Con este tipo de medidas –estrategias similares a las que se pretenden imponer ante lo que el establishment define como “la droga”–, ignoran la profundidad del real dilema social, y desvían la mirada de la masa al tergiversar los conceptos.

Hoy en la red se continúa compartiendo contenidos libremente, más de una década después del revuelo judicial que cerró pomposamente los precursores servicios de Napster y Audiogalaxy. Y hoy se descarga más cantidad, el tráfico en la red crece, a pesar de que se cierren servicios de alojamiento de archivos, a pesar de las condenas judiciales a los creadores de The Pirate Bay.

Así como hoy se persiguen inmateriales bits, ayer se alimentaban monstruosas piras. El fuego purificador fue arma del régimen nazi contra los textos peligrosos, mientras que la última dictadura militar de la Argentina tuvo su mayor brote piromaníaco con materiales del Centro Editor de América Latina, el sello que fundó Boris Spivacow, con un millón y medio de libros y fascículos que ardieron en un baldío de Sarandí.



El programa mexicano "La otra aventura", dirigido por el escritor y periodista Rafael Pérez Gay, dedicó un envío al tema de la destrucción de libros a los largo de la historia.




 

El contrabando del conocimiento


En los primeros meses del año 2012, una coalición de editoriales europeas logró derribar el sitio Library.nu -sucesor de Gigapedia- que albergaba millones de vínculos a libros, en su mayor parte académicos, escolares, monografías, análisis biográficos, manuales técnicos, investigaciones en ingeniería, matemática, biología y ciencia, textos con copyright pero fuera de mercado, en varios idiomas.

Christopher Kelty, profesor de la Universidad de California, en su artículo “The Disapearing virtual library” comenta que esos “bárbaros que pusieron la industria editorial de rodillas no eran otros que estudiantes de cada rincón del planeta” deseosos de aprender, que en unos pocos años “crearon un mundo de lectura y apostaron a compartir contenidos”.
Los editores piensan –dice Kelty– que se trató de una gran victoria en la “guerra contra la piratería”, que va a mejorar las ganancias de la industria y les ofrecerá mayor control, y los “piratas” piensan que simplemente el contenido se irá hacia otro sitio.
Un año después los usuarios de Library.ru, lejos de amilanarse o atemorizarse, se unieron a distintas comunidades virtuales dedicadas a compartir aquellos bienes que no tienen la posibilidad de comprar legalmente porque son inalcanzables a sus bolsillos debido a los precios inflados por la especulación del mercado, que no están disponibles siquiera para su compra por vivir en “mercados” poco redituables o que ya están fuera de stock.

Pretender que el conocimiento es necesariamente un bien escaso, tratarlo como tal, convertirlo sólo en mercancía, no sólo es un acto ruin y avaricioso. Debemos comprender que se trata de un eslabón más en la cadena que normaliza el hecho de que los alimentos sobren en el planeta mientras gran parte de la población está desnutrida, o que se destruyen ecosistemas completos para que continúen rodando los automóviles del primer mundo.
Esta lógica perversa, con siglos de perseverancia, ha logrado normalizarse para gran parte de la población, hasta el punto de que -como dice Kelty en un tramo de su artículo-, no es tan disparatado pensar que nos quieran convencer que “leer será tener una copia ilegal de un libro en el cerebro”.

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